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TEMPLO DE SAN AGUSTÍN.
Texto y fotografías. Walter Bishop Velarde.

Tratemos de imaginarnos una villa de Durango con tan sólo 58 años de vida, apenas si nombrada “ciudad”, a sólo tres años de la gran rebelión tepehuana de 1616 a 1618, (donde mueren más de 150 españoles) nueva sede de la recién creada octava diócesis de Nueva Vizcaya del reino de la Nueva España (la única creada en el siglo XVII), en un tiempo donde el mismo no corría como lo hace ahora, sino que pasaba inadvertidamente a la velocidad de una carreta de bueyes o en su mejor forma, de un galope de caballo. Probablemente la ciudad de Durango en estos tiempo sólo contaba con unos 20 vecinos y un tanto menos de sirvientes en su mayoría de descendencia africana.

Fue en ese escenario donde el 28 de septiembre de 1620, es nombrado primer Obispo de Durango el Agustino Fray Gonzalo de Hermosillo, mismo que un poco tiempo después en 1621 o por ahí, escribe al Padre Maestro Fray Miguel de Sossa, para traer de la provincia de San Nicolás de Michoacán a sus hermanos de orden, Los Agustinos, a Durango, incluyendo al “fraile Juan de San Vicente” como prior, fundando en lo que era posiblemente un sencillo cuarto de oración, el Convento de San Nicolás de Tolentino.

Según se cuenta, el Obispo Fray Gonzalo de Hermosillo quien hasta la fecha había administrado su obispado a través del Pbro. y Lic. Amaro Fernández Pasos, a quien nombró Provisor, Vicario y Gobernador, falleció en su primera visita pastoral de la diócesis de Nueva Vizcaya en la Villa de San Felipe y Santiago Sinaloa el 28 de enero de 1631, por lo que el convento no progresó mucho y su fundación misma estuvo en entredicho, un tanto por que la Provincia de Michoacán no demostró mucho interés en la misma y porque en una descripción de esta en 1677 nos dicen, “El Convento de San Agustín está ocupado por dos o tres religiosos, es un edificio bajo de alguna extensión y sin comodidad; la Iglesia, una pieza chica de adobe y sin hermosura”.

Sin embargo, aun cuando la pequeña iglesia estaba un tanto retirada de la ciudad para esos tiempos, según la historia en 1673 por encargo de los durangueños Don Francisco Gómez de la Vega, Don Pedro Calleros y su esposa Doña Josefa Silva, entre otros, se manda traer una hermosa imagen de nuestro Padre Jesús, misma que se coloca en la humilde iglesia.

Según reportes unos años después, el convento todavía estaba en proceso de construcción pues no tenían los religiosos renta alguna y sólo con las limosnas de la gente “unos pobres y otros pobrísimos” estaban progresando, tanto así que al parecer la imagen de Nuestro Padre Jesús fue temporalmente trasladada al templo de la Compañía hasta que los Agustinos tuvieran un lugar apropiado para la misma.

Es por este tiempo que se forma la Cofradía de nuestro Padre Jesús Nazareno, una de las más antiguas de México y con una tradición que nos conduce a España donde los Agustinos fundan la original en 1605. La Cofradía también llamada de los “Morados” (el morado era color de luto en la antigüedad) por la túnica de ese color que usan durante la semana santa cuando cantan en duelo en el Templo y para la procesión de los Morados de esa misma semana.

Cabe mencionar que en esos años (1665 y lo que resta del Siglo) Durango, no la estaba pasando del todo bien, ya que las constantes incursiones de los indios del norte que llegaron inclusive hasta la ciudad y una sequía de varias temporadas, ocasionó no poder levantar las cosechas, que eran tremendamente importantes para la subsistencia de la ciudad, de tal modo que hubo una gran hambruna entre la población de escasos recursos que se vieron en la necesidad de comer raíces del campo para subsistir, según nos dicen los historiadores.

En realidad se pierde en el tiempo parte de la tradición del templo de San Agustín, ya que según se nos informó, un sacristán muchos años atrás quemó la historia de la iglesia, sin embargo, se tienen algunos reportes de 1681 o por ahí donde el Obispo Fr. Bartolomé García de Escañuela pide un informe de la situación del obispado sobre ciertos asuntos dentro de cuales se encuentra lo del Convento de San Nicolás de Tolentino y su iglesia.

Al Sr. Obispo se le contesta puntualmente con notario y todo por testigos residentes del lugar de esos años, de donde podemos distinguir las precarias condiciones en que se encontraba Durango.

Por una y como contestación a la sexta pregunta del Obispo, se señala que sólo había en la “ciudad” de 20 a 50 individuos y como respuesta a la séptima pregunta, se dice que efectivamente existe dicho convento y su iglesia, pero que tienen desde 1647 viéndolo igual que en sus inicios y que efectivamente una iglesia modesta estaba por terminarse, gracias a la limosna que daba el Arcediano de la catedral Juan Navarro de Gazcué. También en esta información se menciona, de lo pobre que está toda la gente, que no están para dar limosna sino para que se las den.

Después ya en plena época de la lucha por la Independencia de México, tenemos que el Templo de San Agustín al igual que la casa de la Caja, el Mesón de San Antonio y otros edificios, sirven como fortificación de los realistas en esta guerra que llega a Durango, en la toma de la ciudad por el Insurgente General Negrete, pero también se hace mención que dicho general logra introducir con la ayuda del prior del convento, a unos infantes al coro de la iglesia. Según cuentan que cuando las tropas realistas se trataban de retirar, lo hicieron marchando al Templo de San Agustín donde ya estaban esperándolos los insurgentes, desatándose una pelea de cuerpo a cuerpo dentro de la iglesia, que obviamente ganaron las tropas del General Negrete, finalmente capitulando Durango y toda la Nueva Vizcaya, en una acción considerada de las más importantes del Plan de Iguala.

Al parecer también, pero ahora en los tiempos de la Revolución, en 1913 Tomás Urbina llega a la ciudad saqueando todo a su paso y nuevamente el templo de San Agustín vuelve a estar involuntariamente involucrado en la lucha armada, para ese entonces ya en el Siglo XIX, se había reconstruido todo el templo por ahí de los 1886 al estilo neoclásico, y el maestro Benigno Montoya Muñoz, más tarde en los primeros años del Siglo XX construyó el Altar Mayor de estilo gótico y la puerta lateral oriente un tanto barroca y más o menos podemos decir que queda el templo como lo vemos ahora.

Recapacitando un poco, lo más probable es que al caminar por las calles de la ciudad en específico por lo que ahora llamamos Centro Histórico (en verdad bonito), no siempre estamos conscientes del tiempo que ha transcurrido y de los hechos históricos y las vivencias habituales, de otras personas que sucedieron en el mismo lugar en el que ahora caminamos quizás hablando por celular o qué se yo.

Es increíble la impresión que te causa, el entrar a construcciones hermosas como el Templo de San Agustín y pensar en lo que tuvo que pasar para que el mismo esté todavía aquí, la lucha física y espiritual además de incontables sacrificios, que diferentes personas de todos los estratos de la sociedad tuvieron que pasar, para hacer del Templo de San Agustín y de todo Durango en si, la realidad en la que nosotros vivimos ahora. Un homenaje para todos ellos es lo menos que podemos hacer, pero sin embargo es evidente que queda a todas luces corto. Por ahí nos vemos.


Fuentes:
- La Historia de la Iglesia en Durango. Por Ignacio Gallegos C.
- Durango Antiguo. Por el maestro Manuel Lozoya Cigarroa.
- Apuntes para la Historia de la Nueva Vizcaya. Por Atanasio G. Saravia.
- La Frontera de la Nueva España. Por Peter Gerhard.
- Reseña Histórica de la Primitiva Hermandad. Por David Florián Sanz.
- La Secularización de Doctrinas Agustinianas. Sin autor.
- The Cofradia de Nuestro Padre Jesús. Por William H. Wroth.

 
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