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LOS CANTEROS DE DURANGO.
Texto y fotografías. Walter Bishop Velarde.

En todo el mundo el uso de la piedra para construcciones tiene antecedentes milenarios, México no es la excepción pues en la era pre-hispánica, se usaba ésta, en la edificación de una infinidad de centros ceremoniales con pirámides y otras estructuras finamente labradas, además de deidades esculpidas con verdadero arte. Al llegar los europeos, estos artistas Indígenas inmediatamente por la falta de mano de obra calificada y muy a pesar de los canteros españoles, pues se abarataba el trabajo, se incorporaron a la construcción de templos, conventos y palacios particulares de los grandes señores de la conquista.

Esta demanda por los canteros mexicanos duró cientos de años, creando verdaderas escuelas de estilo y forma, desde la colonia, pasando por la era porfiriana y se puede decir hasta nuestros días o los “días” de algunos de nosotros, ya que no fue sino hasta la época del vaciado de concreto donde la profesión se cae y sólo se les requiere para labrar lápidas en los panteones y algunos monumentos ornamentales.

Aquí en Durango al igual que en el resto del país, los grandes Maestros de la Piedra tienen su momento de gloria y es así como la escuela de Benigno Montoya y sus sucesores nos dejan verdaderas obras de arte que todavía ahora causan admiración por su talla y trazo.

Pero el conocimiento no muere con ellos y logra perdurar hasta ahora, gracias a escuelas sencillas de tradición rural como la del maestro durangueño Antonio Medina “la Gallina” que con el lema de “la piedra (figura) está adentro, nada más quítenle lo que le sobra” logra dejar varias bandas o grupos de “Pollos”, que ahora gracias a conocimientos pasados de generación en generación por miles de años, están esculpiendo el remozamiento de las fachadas de los edificios en un tiempo notable del centro histórico de nuestra ciudad.
El maestro cantero Uvaldo Escamilla es uno de estos “Pollos” y el trabajo que efectuó en la fachada del edificio de la Dirección de Pensiones en la 20 de Noviembre nos da un ejemplo de su dedicación y arte. Es a la sombra de una lona, en este edificio donde entablo una conversación con él y el Maestro Gerardo Molina de la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías de la Universidad Juárez de Durango y a través de ésta me voy dando cuenta de todo lo que está atrás de las nuevas fachadas de estos edificios.

Cuando el Capitán Francisco de Ibarra decidió en 1563 fundar la ciudad en este sitio, seguramente además del agua y madera en abundancia que había en él, tomo en cuenta la gran cantidad de piedra de cantera que existía en los cerros de su alrededor pues esta era la materia prima de todas los edificios de antaño. Gracias a ello, ahora 440 y tantos años después, estos mismo cerros y los bancos de cantera de Garabitos, El Conejo o El Pueblito, no de cualquier piedra pero de una cantera con las particularidades necesarias para poder sacarle la forma dentro de ella, brindan sus adentros para la reconstrucción de las fachadas.
El proceso desde su inicio es violento e impetuoso pues los cerros no nada más entregan sus riquezas, sino que hay que literalmente sacárselas a “fregazos” y así con barras de acero, mazos, martillos, picos, talachos y mucho sol, esfuerzo y sudor, cuidadosamente siguiendo la dirección de las vetas, se sacan los bloques de cantera que luego esculpirán los maestros según la vocación de su grano, para instalarse en el lugar apropiado.

Una vez ya con la cantera en la obra sigue el proceso y entra a la escena el maestro cantero. Labrar la roca es un arte, requiere de la coordinación perfecta de todo el ser, la herramienta y la misma piedra en si, el maestro sigue sus enseñanzas e intuiciones y el bloque de cantera poco a poco le va dando pequeñas satisfacciones hasta brindar lo que en un principio se imaginó, ya fuera intricado o sencillo. La comunión del maestro con la piedra es intensa y el carácter de fría e insensible que se le suele dar a la misma adquiere otro matiz y se vuelve candente, apasionada, una obra de arte.

Son muchos los canteros y aprendices que están participando en el remozamiento del Centro Histórico y sin poder llamarlos a todos por su nombre nos gustaría en un pequeño homenaje a su trabajo nombrar a algunos en su representación, como Martín Escamilla, Crispín Escamilla, Martín Chávez, Vicente Arias, Gerardo López “el Yiyo”, Andrés López “El Zarco”, Rubén Castillo, Miguel Salcido, Simón Salcido, Juan Adrián Vallejo, Francisco Villa, Felipe Villa y otros que integrando bandas como los “Burros” , “Los Pollos”, “Los Villa” y “Los Alarcón”, en un acto casi de magia nos han rescatado del pasado, un futuro.

Así que ahora, cuando visiten nuestro Centro Histórico y admiren las nuevas fachadas, recuerden el trabajo de éstos, los maestros canteros de Durango y su arte.

 
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